Parto a domicilio

MA20Cada vez que cae en mis manos un artículo hablando de este tema, me viene inmediatamente a la mente, el recuerdo de la única vez en que me he encontrado en una situación así. Han pasado muchos años, yo acababa de terminar la carrera y estaba intentando abrirme camino en este difícil mundo de la medicina.

Una noche me llamaron por teléfono desde el vecino pueblo de Sax, unos empleados de mi mujer, que se encontraban en su casa en el difícil trance de dar a luz en el dormitorio conyugal, entre balbuceos me pusieron en comunicación con la matrona, la cual asustada me dijo que la parturienta llevaba largas horas de parto y el niño no salía. Sin pensármelo dos veces llame a un taxi, ya que por aquel entonces mi economía no daba para tener un automóvil, y mientras me preparaba para el viaje se me ocurrió meter un fórceps en una cartera color negro que tenía (luego  contare el acierto). Llego  el taxi, me subí en él y emprendimos el camino de Sax.

Al  llegar, me encontré en la puerta algunos familiares que me condujeron a una oscura habitación alumbrada por una triste y solitaria bombilla de no más de 15 vatios, donde en una cama yacía desparramada, agotada y sin fuerzas la madre, eso sí rodeada de familiares de todos los tamaños y aspecto, contaría unos 20, entre ellos se me presentó la matrona, desolada e impotente temiendo la muerte del bebe de un momento a otro.

Me dio un guante para el reconocimiento, me quite la americana y me remangue las mangas como había visto en las películas del antiguo oeste, reconocí a la paciente encontrando una cabeza alojada en lo que llamamos un tercer plano, atascada y sin posibilidades de salir pese a los esfuerzos de su madre y la matrona. Les sugerí que habría que llevarla a un hospital, idea que deseché de inmediato pues el bebe habría muerto en ese tiempo. Entonces me acorde de que me había traído un fórceps, lo saqué de la cartera se lo di a la matrona para ver si podía esterilizarlo, cosa que hizo tirándolo en una palangana rociándolo con alcohol y pegándole fuego. Espere a que se enfriara para no quemarme, y mientras tanto eche una mirada a mi alrededor quedando horrorizado del ambiente tercermundista y siniestro a pesar de intentar con mi mejor ánimo encontrarle ese sabor maravilloso que las mujeres piensan que es dar a luz en su casa y en su propia cama. Aquello solo servía para filmar una película de terror, y eso que todavía no había empezado el lío.

Me lavé las manos con agua y jabón, me las rocié con alcohol y sin pensar en una anestesia me dirigí hacia la paciente, busqué unos voluntarios y les dije que la agarraran con fuerza para que no se me escapara por la ventana y sin pensármelo dos veces le introduje los fórceps en la vagina, hice una buena presa sobre la cabeza del niño y traccioné como pude y mi saber hacer, hasta conseguir extraer el feto, el cual después de la consiguiente paliza, costumbre de aquella  época, empezó a llorar.

Tuve suerte y sobre todo con la ayuda de ese Dios que nos protege en los momentos difíciles. Sacamos la placenta y empezó el intento de suturar el desgarro producido por la intervención, sangraba y como es de suponer con una bombilla en el techo no se puede pretender ver por donde salía la sangre. La matrona me ofreció un porta agujas e hilo. Al tacto empecé a dar puntos como pude y conseguí detener el sangrado y suturar el desgarro.

Tengo que decir que la madre no se me murió y el feto tampoco. Me lavé las manos pues agua había, como suele ocurrir, en abundancia (aún no se para que sirve), me puse la chaqueta, cogí mi cartera, le receté antibióticos en abundancia y me despedí de aquellas gentes que se habían embarcado en una aventura incomprensible para un ginecólogo que se había formado en el Clinic de Barcelona y la situación vivida no cabía en su cabeza.

Al salir a la calle y contemplar la luna me acordé de la película “Lo que el viento se llevó” y juré como en su día lo hizo Escarlata O’Hara: “Juro por Dios que jamás volveré a hacer un parto en una casa.”